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Y cuando
colocado ya el cuerpo en su nicho iban a cerrar el monumento, ella
sería la última que le vió, ella sería la última que se quedó con
San Juan, su nuevo hijo, en el sepulcro, ella la que le daría el
último beso y le dirigiría la última mirada y le colocaría en la faz
el santo sudario, tras el cual quedaban escondidos aquellos ojos
piadosísimos del Hijo.
Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Remigio Vilariño |