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Cuando la Cofradía de Jesús Nazareno se fundó tan
sólo contaba con dos imágenes de devoción: su titular Jesús Nazareno y
Nuestra Sra. de la Soledad. Un año después de celebrar su primera
procesión, en 1653, se incorporó a la carrera la figura de La Verónica.
En 1668 y 1669 el número de insignias se incrementó, primero con el paso
de La Desnudez vulgo Redopelo - traer
al redopelo a uno, según el Diccionario
de la Real Academia, es frase figurada y familiar que significa ajarlo
atropellándolo y tratándolo con desprecio y vilipendio - y después
con el de la Crucifixión. |
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El paso del Redopelo se mandó hacer en 1668 a
propuesta del mayordomo D. Bernardo de Sequeira argumentando haber muchos
cofrades (más de cuatrocientos cincuenta) para tan pocos pasos. Aceptada
la propuesta se comisionó a D. Alonso de Arévalo para que tratase con
los maestros escultores que por entonces tallaban otro para la Cofradía
de Nazarenos de La Bañeza (León). El encargó se hizo al escultor
Manuel de Borja, por entonces vecino de La Bañeza. Los pocos datos
que tenemos de este artista nos impiden afirmar si se trata del mismo
Manuel de Borja, natural de Sigüenza, que en 1655 contrató con la Cofradía
de la Pasión de Medina de Rioseco el grupo Preparativos para la Crucifixión,
conocido también como Redopelo. Por desgracia en el archivo de la cofradía
no existe copia de la escritura de concierto entre las partes, ni tampoco
figura en los registros notariales que hoy se conservan de la ciudad de
Zamora.
Un año después, esta vez sin mediar acuerdo, la
cofradía encargó al susodicho Manuel de Borja y a Toribio González
(pintor) la hechura de otra escena que representase a Cristo en el momento
de ser clavado en la cruz. Esta escena fue sustituida por la actual, obra
de Ramón Álvarez, estrenada en 1885.
Aunque no conservamos la escritura del antiguo paso
del Redopelo cabe suponer que las condiciones serían similares a las
acordadas en la hechura de La Crucifixión. Para su ejecución el
artista se serviría de una estampa; el número de figuras quedaría
reducido a tres, y es muy posible que por ser precisamente tres se
conviniese que su peso no superase las ocho arrobas y media (en torno a
100 kilos), así como entregarlo en un plazo corto (en la Crucifixión
fueron cinco semanas). Más difícil es aventurar el coste final, que para
La Crucifixión fue de 1.200 reales, más la entrega de los materiales
(vigas y tornillos); pero probablemente el precio no se alejaría de esta
cantidad.
Por
lo que conocemos de este paso, hoy propiedad de la Cofradía del Santo
Entierro de Benavente, hay que decir que sigue la línea de la escultura
barroca castellana, si bien los reparos e intervenciones habidos en tres
siglos lo han modificado, hasta el punto que la escena original está
extrañamente mudada y apenas es reconocible. Estas modificaciones han
alterado al menos la colocación del sayón que de pie amenaza con un
zurriago - recientemente añadido - cuando su actitud debió ser la de
arrancar la túnica a Jesús, que paradójicamente está desnudo; además
es probable que su actual colocación no fuese la primitiva. La figura de
Jesús sin duda no es la original, antes bien es obra que ha de atribuirse
con certeza a Ramón Álvarez; así lo confirma la dulzura de sus rasgos y
su mezquina anatomía, no obstante la esmerada talla de la cabeza, que
estimo es una de las mejores de su producción. Sus blandas formas
contrastan sobremanera con la dureza de facciones de los sayones. La única
imagen que conserva la disposición original es el sayón que agachado
barrena la cruz sujetando con los dientes un clavo, por lo que es conocido
popularmente como el judío del
clavo. Por lo demás las imágenes, de fractura modesta, poco menos
que artesanal, tienen una altura media de 1,62 mts. y lucen en todo su
esplendor tras su reciente restauración, llevada a cabo por el pintor José-Carlos
Guerra, que ha permitido recuperar su policromía original.
Cuando en 1a segunda mitad del siglo XIX la
Congregación emprende la labor de incrementar y mejorar su patrimonio
imaginero, no duda en deshacerse de los viejos pasos, cuya estética se
alejaba de los gustos y sensibilidades de la época. Los nuevos encargos
causaron un gran impacto estético y devocional; pensemos en La Caída, en
La Crucifixión y obviamente en la Virgen de la Soledad.
La idea de reformar los viejos pasos de Jesús
Nazareno y Redopelo partió de D. Federico Martínez en la primavera de
1892. La comisión a la que se encomendó este asunto se dirigió a los
escultores Eduardo Borrón y Aurelio de la Iglesia por si deseaban encargarse de la ejecución artística del paso de Redopelo. Declinó
el segundo, becado por entonces en Roma, la invitación por estar ocupado;
Barrón contestó aceptando agradecido, pero una vez se le comunicó la
cantidad de la que disponía la Cofradía, unas tres mil pesetas, manifestó
no poderlo hacer, pues consideraba que el valor de la cinco figuras
propuestas no bajaría de las siete mil quinientas pesetas. Esta situación
fue largamente discutida por la directiva, proponiéndose ante la falta de
dinero para afrontar la reforma de los dos pasos soluciones de todo tipo:
algunos opinaban debía comenzarse por el Redopelo
por
llamar más la atención la antigüedad y ridiculez de sus figuras. Sin
unanimidad sobre el particular se acordó solicitar nuevos presupuestos en
Madrid y Barcelona, y continuar con la suscripción. Pese a ello la Cofradía
se inclinó primero por la construcción del nuevo paso de Jesús Nazareno
que en 1893 entregaba el escultor local Justo Fernández. Concluido
este proyecto parecía lógico se continuase con la vieja aspiración de
reformar el antiguo paso del Redopelo. Para este trabajo se ofreció el
joven Miguel Torija, por entonces artista novel formado en el taller de
Ramón Álvarez. Así se lo hacía saber a la Cofradía en mayo de 1893,
si bien su ofrecimiento no obtuvo respuesta. En junta de 11 de noviembre
de aquel año se daba cuenta de la entrega por parte de algunos hermanos
de ochocientas treinta y ocho pesetas producto de una corrida de toros
para construir el paso, aunque da la sensación que el proyecto se miraba
con una cierta apatía. De nuevo en 1898 se insiste en que el paso de
Redopelo aparte de lo antiguo y malo
que era, producía la irrisión de las gentes y descomponía el conjunto
de la procesión por lo que urgía retirarlo. Además el administrador
informaba que uno de sus sayones estaba roto y la mesa toda
estropeada
e inservible, de modo que se necesitarían unas doscientas pesetas
para que saliera. Discutido sobre el particular se acordó que aquel año
no saliese. En octubre de 1900 se retomó el asunto de la construcción de este paso, cuya suscripción seguía paralizada. Los donativos de estos años fueron para el adorno del Jesús, y no hay que olvidar que este mismo año la Junta de Fomento de la Semana Santa donó el paso de la Elevación de la Cruz realizado por Aurelio la Iglesia. Efectivamente, en la junta de 21 de octubre se pedía al administrador informase de las gestiones hechas para la reforma del paso del Redopelo. Según éste los contactos con artistas de Madrid no habían dado resultado, si bien esperaba respuesta del escultor bilbaíno encargado de hacer el paso de la Conducción al Sepulcro para la Cofradía del Santo Entierro, al que le había pedido boceto y presupuesto. En sesión extraordinaria la junta conocía el día 29 mediante una fotografía remitida por José María Garrós el boceto del paso, que incluía tres sayones, la figura de Jesús y el terrazo, así como su coste: dos mil pesetas. El escultor hacía la salvedad que de aprovecharse el Jesús del viejo, con su arreglo, el precio no variaría. En esta junta salieron a relucir algunas diferencias entre los directivos, en las que latía un cierto malestar por el retraso de la reforma, y que dieron lugar a la dimisión del administrador. Aceptada ésta, la junta nombró una nueva comisión encargada de formalizar el contrato con el escultor a fin de que estuviese construido para la Semana Santa de 1901.
En los primeros días de noviembre la comisión
recibió noticias de José María Garrós y acordó las condiciones para
la hechura de la obra: el nuevo paso tendría cuatro figuras, tres sayones
y Jesús; el precio de las imágenes y el terrazo se fijaba en dos mil
pesetas; la obra sería entregada el domingo de Lázaro próximo, y debía
sujetarse al boceto presentado con
las pequeñas variaciones que la comisión le ha indicado. Por último,
encargaba al mayordomo antiguo Sr. Rodríguez Barba redactase las bases
del contrato, bases que la comisión aprobaba el 15 de noviembre junto con
la entrega de mil pesetas al escultor, como anticipo del primer plazo. El
19 de noviembre el secretario hacía constar en el libro de actas haber
recibido el contrato firmado por el Sr. Garrós y una carta aviso de giro
de mil pesetas.
En el mes de marzo de 1901 la comisión informaba del
presupuesto de la nueva mesa del paso presentado por el carpintero Sr.
Seisdedos, cuya cantidad ascendía a 150 pesetas; precio que pareció caro
pero que se aceptó en atención a las sacrificios que este hermano había
hecho por la Cofradía. Días después se informaba de todo a la directiva
que aprobaba por unanimidad la gestión de la comisión y autorizaba
pintar la nueva mesa y encargar las faldillas. El
nuevo paso de La Desnudez salía por primera vez el 5 de abril, viernes
santo, de 1901. La directiva reunida en junta de faltas a la procesión
aprobaba el 14 de abril su recepción definitiva. No sabemos si con la
entrega del grupo se abonó el importe del segundo plazo, ya que en el mes
de mayo aún se documentan suscripciones para el pago del mismo. Un año
después, en marzo de 1902, la directiva aprobaba la venta del paso
antiguo del Redopelo a la Cofradía del Santo Entierro de Benavente por
doscientas pesetas.
El grupo de La Desnudez es sin duda uno de los más
modestos de la Cofradía de Jesús Nazareno. Representa el momento en el
que Nuestro Señor es despojado de sus vestiduras antes de ser clavado en
la cruz. Forman la escena cuatro imágenes: Jesús, de pie, con las manos
atadas y en actitud mansa, tiene a su lado a dos sayones que proceden a
quitarle la túnica; un tercero agachado se ocupa de los preparativos de
la crucifixión barrenando la cruz. En la mesa hay varios objetos: una
cruz de madera de 2,88x1,53 mts., un cesto de mimbre con herramientas
(serrucho, martillo y maza), un ánfora y vaso de madera, una soga, un
pico y un estandarte de terciopelo rojo rematado con galón de oro con el
acrónimo SPQR colgado de una alabarda. Todas la figuras fueron talladas
en madera de pino; los ropajes se simulan en lino encolado, y llevan
algunos elementos postizos (corona de espinas y correas de cuero). Las
proporciones son algo mezquinas habida cuenta que la altura media no
sobrepasa los 1,55 mts. El tratamiento escultórico de las imágenes es
todo el excesivamente blando, muy en la línea y los gustos de la época,
y recuerda la producción imaginera de los talleres de Olot. Los estudios
anatómicos nada tienen de destacable, y las túnicas manifiestan un
deficiente manejo de las telas encoladas. La caracterización de las
figuras es dulzona, hasta el punto que no hay rasgos de maldad en los
sayones. La composición es correcta, aunque estereotipada y sin
concesiones. La policromía es asimismo la tradicional con escasos
matices.
La calidad de este grupo se cuestionó varias veces.
En 1951 el hermano Enrique Crespo Álvarez propuso construir uno nuevo, y
retirar el paso de Garrós por
desdecir de los restantes que forman la procesión. La propuesta se
tomó en consideración, y en junta de 20 de febrero de 1952 se informó
de la realización a iniciativa propia de maquetas por parte de los
escultores Florentino Trapero y Víctor de los Ríos, si bien el elevado
precio de su realización aconsejó
diferir
el asunto a la fecha que las posibilidades económicas lo permitan.
En
1966 se pensó nuevamente en sustituirlo. Así en mayo de 1967 se
iniciaron los trámites con uno de los más afamados escultores españoles:
Juan de Ávalos. El nuevo paso tendría también cuatro figuras y, aunque
su agenda de trabajo estaba saturada, se comprometía a realizarlo para la
Semana Santa próxima. Una vez más el paso no se pudo hacer ya que el coste final de la obra,
cercano al millón y medio de pesetas, excedía con mucho las
posibilidades económicas de la Cofradía. Para el grupo hizo una mesa nueva el carpintero Julián Seisdedos. Esta primera mesa era la típica de tableros de pino sin molduras, y con respiraderos de ojo de buey, que aún conservan en Benavente. Cuando en 1962 Alfonso Pastor Cadierno talló una nueva para el Camino del Calvario, la vieja de este grupo, una mesa de gradas con paños sencillos tallados y dorados, pasó a La Desnudez. No sería esta la única que heredó, pues la que tiene desde 1976, tallada en madera de nogal con labor de talla en los respiraderos, es la antigua de La Caída, estrenada en 1941 y de la que ignoramos su autor.
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