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LOS
SIGNOS
EN SEMANA
SANTA
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“Historia magistra vitae est”.
Esta expresión de Cicerón recogida en su obra De
Oratore, y traída hasta nuestros días por la
sabiduría popular, nos muestra la necesidad de mirar
hacia atrás, para entender muchos porqués de hoy.
Uno de estos trataremos de analizar en el presente
artículo: ¿Por qué en semana santa los nazarenos
o penitentes van con la cara tapada? Para algún
extranjero que visite nuestras tierras parece que en
estos días de semana santa, sucede algo extraño
entre nosotros, porque estas actitudes les recuerdan
más a sectas dañinas (Ku klux klan) que a cualquier
otra cosa. Pero lo que todavía es más grave, si nos
preguntaran a nosotros más metidos en temas
procesionistas o vinculados a la Iglesia, tampoco
sabríamos dar una contestación lo suficientemente
razonada para que sea aceptada por nuestro
interlocutor.
Una de las causas que ha contribuido
notablemente al oscurecimiento de esta, y otras
muchas realidades, ha sido la preponderancia del
turismo, disfrazado de elementos culturales, en
detrimento de la esencia misma de las cofradías
pasionarias de Semana Santa. Nosotros como cofrades
hemos mordido en el anzuelo donde nuestro Señor
logró vencer al Maligno, cuando después de los 40
días que permanece en el desierto le mostró todos
los reinos del mundo y le hizo una gran oferta:
“todo esto te daré, si
te postras y me adoras";
a lo que Jesús contestó diciendo:
“Al Señor tu Dios adorarás y solo a
Él darás culto”.
Nosotros ante la oferta del poder (dinero con el que
subvencionan las cofradías por parte de los
ayuntamientos), permítaseme la crítica, hemos
sucumbido poniéndonos, no como siervos de Dios (lo
que hace Jesús), sino como siervos de los intereses
de los poderes políticos.
Por eso a la hora de afrontar esta
cuestión nos es necesario recordar brevemente que
antes que una cuestión cultural, los desfiles
procesionales, son expresión de la fe. La fe, como
no, está llamada a hacerse cultura, puesto que solo
así podrá llegarse a la Evangelización de los
pueblos; pero, qué duda cabe, que antes que cultura
es expresión de fe, sin la cual, los elementos
culturales, relativos a la misma, quedan vacíos de
contenido. Este es un verdadero riesgo por el que
pasan las actuales cofradías en pleno siglo XXI en
que nos encontramos, debido al ambiente secularizado
que nos rodea.
Todo lo expuesto hasta ahora, no es
ajeno al tema que nos disponemos a tratar, sino que
más bien es un preámbulo necesario para darnos
cuenta el por qué un signo tan simple como el ir con
la cara cubierta, se nos presenta hoy, como vacío de
significado. Remontémonos pues, a los orígenes
mismos del cristianismo, en el siglo I, para
alcanzar el conocimiento de este signo.
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Después de la glorificación de
Nuestro Señor Jesucristo y del envío del Espíritu
Santo sobre los apóstoles, estos raudos salen a
anunciar el Evangelio hasta llegar a los confines
del mundo. Muchos de los que los oían hablar, tanto
a ellos como a sus sucesores, pidieron agregarse al
grupo formado por ellos (Iglesia). Estos habían
recibido el primer anuncio del Evangelio que les
estaba llamado a conversión. Este era el punto de
partida para poder recibir el bautismo y formar
parte de la Iglesia. Ahora, una vez acogida la Buena
Noticia (Evangelio) de Jesucristo, se iniciaba un
largo camino de conversión hasta llegar a recibir
los sacramentos de la Iniciación Cristiana:
Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Este proceso se
conoce con el nombre de Catecumenado, recientemente
reinstaurado en la Iglesia por el Concilio Vaticano
II. Esta sería la práctica habitual de la primitiva
Iglesia hasta el siglo IV, de tal modo que el
Bautismo era la meta de un largo proceso de
Conversión.
Con el Edicto de Milán, en el año
313, comenzaría a cambiar toda esta situación vivida
en los primeros siglos de la historia de la Iglesia.
El emperador Constantino se convertiría al
cristianismo y con él, todo el imperio romano, de
tal modo que la Iglesia pasaba a vivir una situación
nueva hasta ahora, pasa de ser perseguida a
convertirse, primeramente en religión mayoritaria
del imperio romano y después en religión oficial.
Esto supone un gran número de conversiones al
cristianismo, de tal modo que el Bautismo pasará de
ser el punto culminante de un largo proceso de
conversión, a administrarse a infantes sin haber
pasado previamente por este proceso catecumenal que
antes describíamos. Todo esto supondrá una novedad
en la praxis sacramental de la Iglesia.
El sacramento del Bautismo borra
todos los pecados de aquel que lo recibe, pero al
ser recibido en tan temprana edad, era fácil, que se
cayera en la esclavitud del pecado. Surge así el
orden de los penitentes como una llamada fuerte a la
conversión de los pecadores públicos. Estos eran
apartados de la comunidad, pero no de la Iglesia (es
decir, no había excomunión), para formar parte de
este orden de los penitentes. Era un proceso largo
de conversión para de nuevo poder ser reintegrado en
el seno de la comunidad. Esto es lo que se conoce
con el nombre de penitencia pública, que duraría
prácticamente hasta el siglo VIII, donde el
florecimiento del monacato contribuirá a la reforma
de este sacramento de la penitencia.
Durante toda la Edad Media, se pondrá
el acento de la penitencia en diversos momentos del
sacramento, primero adquirirá gran importancia una
confesión exhaustiva de los pecados y
posteriormente, coincidiendo con la Baja Edad Media,
la expiación será el principal acento del
sacramento. Aquí es también donde podemos situar los
primeros momentos de las actuales cofradías de
Semana Santa. Este es un periodo donde la pasión de
Jesucristo hace incluso ocultarse el acontecimiento
más importante del cristianismo: la Pascua de
Resurrección. El sufrimiento de Cristo como
expiación por nuestros pecados tendrá tal
importancia que nosotros estamos también llamados a
sufrir como él. Así en este tiempo será cuando
comience a colocarse una determinada tarifa de
expiación según el carácter del pecado. Aparecerán
grandes libelos, confeccionados fundamentalmente por
los monjes, con la tarifa para cada pecado.
En medio de este contexto medieval es
donde podemos ubicar el comienzo de las primeras
procesiones de semana santa exaltando la pasión de
Cristo y con fuertes penitencias expresadas en
aquellos que acompañan a Cristo camino del Calvario.
Participar en una procesión era la señal de la
expiación de los pecados, pero del mismo modo que en
el periodo de la penitencia pública no se confesaba
públicamente los pecados, ahora tampoco habrá una
confesión pública, pero sí incidencia en la vida
pública, de ahí que cuantos participaban en las
procesiones organizadas por estas cofradías
pasionarias fueran con la cara cubierta. Era la
señal de la expiación por los pecados de cada uno,
según la penitencia impuesta, pero desde el
anonimato. Por tanto cubrirse la cara tiene un
carácter marcadamente penitencial.
A esto es a lo que me refería
anteriormente cuando decía que la búsqueda del
“interés turístico” regional, nacional o
internacional ha conducido a ensombrecer la
verdadera realidad de las procesiones de semana
santa. Porque mientras que la participación en ellas
era señal de penitencia hoy es más bien un sustrato
cultural que no hay que perder en beneficio de toda
la sociedad local o regional, sin tener, exceptuando
en determinados casos, ese carácter penitencial que
impulsó en el pasado lo que hoy solamente vemos como
algo turístico para satisfacer la economía de
nuestros pueblos.
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Con el transcurrir de los años,
nuevamente volvió a colocarse en primer plano lo que
nunca debió ocultarse: la resurrección de Cristo. De
ahí la importancia del domingo que el magisterio de
los papas nos ha mostrados en los últimos años, como
por ejemplo Juan Pablo II con la Carta apostólica
Dies Domini, publicada en 1998.
Así pues, el Domingo es el día consagrado al Señor,
es el día de la Resurrección, es el día por
excelencia de la semana, de tal modo, que todo el
sentido del día va encaminado a exaltar la Pascua
del Señor con la alegría. No podrá concebirse, por
tanto, como día penitencial. La verdadera penitencia
ya ha sido obra de Cristo, que ha pagado por
nosotros la pena merecida de nuestros pecados. Así
pues, cubrirse la cara para desfilar
procesionalmente un domingo (sea de Ramos o de
Resurrección) es un anacronismo, solamente
entendible desde el desconocimiento del significado
de los signos.
El lenguaje propio de cualquier
religión son los signos o símbolos, no escogidos
aleatoriamente, sino con un poderoso significado.
Quedarnos meramente en los accidentes externos, sin
alcanzar la esencia de los mismos, es simplemente un
activismo sin contenido alguno. Por eso, y con esto
quiero concluir, es necesario recordar que las
procesiones de semana santa son, ante todo, una
verdadera catequesis de la pasión, muerte y
resurrección de Cristo y esto no se hace de otra
forma más que con signos, si estos dejan de
significar, pierden su sentido todos nuestros
afanes. Miremos atrás, queridos hermanos cofrades, y
procuremos vivir los signos que hemos heredado y
verdaderamente descubriremos un potencial de riqueza
inmensa con el que poder acercarnos a Cristo,
principio y fundamento de nuestra salvación.
Antonio José Palazón Cano
Párroco de Ntra. Sra. del Carmen de Águilas
(Murcia) |
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Fotos de Francisco
Gallego Dueñas |
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