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COMO
LA SONRISA DE UNA
NIÑA
Pregón de la Virgen del Carmen de San Isidoro -
Zamora 2010
ALBERTO GARCÍA SOTO
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Con la venia de la Señora.
No estaba lejos la red
Que para el Rey puesta estaba:
Sin pensar en la traición,
Cerca del postigo se halla
Entonces Bellido D´Olfos
Hacia atrás se retiraba
Diciendo: - Agora, Don Sancho,
Zamora está vengada. - |
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Virgen del Carmen de San
Isidoro - Zamora |
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Si el tiempo me lo permite, cada vez
que vengo a la Catedral, haciendo parada y fonda en
este templo, en vez de venir atravesando el corazón
de la ciudad vengo paseando y recorriendo esta
muralla, silueta de los contornos de la historia de
Zamora, que invita a la oración y a la reflexión. Lo
que antaño fue instrumento de defensa, de guerra, de
necesidad, de muerte, tantas veces de hambre, de
miedo… es ahora un monumento que emana belleza,
serenidad, nobleza… Entre la vegetación que crece
con raíces de sangre, un portillo se esconde, que la
tradición llamó de la traición, traición que no muda
y que hoy nos contempla en su exquisita sencillez,
en su mutismo pétreo. Como una mirilla que
discretamente nos invita a otear el alma de esta
ciudad encorsetada en piedra, nos muestra la silueta
de esta iglesia recia, de este antiguo templo que
bisbisea letanías adornadas con flores del Carmelo.
Cruzando el umbral, Zamora se abre a los sentidos.
En este cofre de devociones, espera la Señora del
Carmen, de brazos abiertos, de mirada que busca
almas que claman perdones, de escapularios bordados
en esperanzas, de finas manos de doncella que
sostienen a un niño de carne y hueso que tal vez
acaba de ahogar los calores de julio en alguna
fuente de esta Nazaret escondida. Si este postigo
será conocido por la traición de su nombre, sed vos
Madre el faro que alumbre lealtades, nobleza de
nuestra raza y estirpe, campo fecundo de nuestras
verdades, Reina concebida sin pecado original,
manantial del que emana el perdón de nuestros
errores, liza y torneo que corredimió a una
humanidad errante, inocente sonrisa de dulce
muchacha enamorada de un Dios que la acarició con el
suave tacto de las plumas de un Árcangel.
Saludo a la Junta Directiva de la Muy
Antigua e Ilustre Cofradía de la Virgen del Carmen
de San Isidoro que me ha invitado a ofreceros este
pregón. Sed bienvenidos hermanos y amigos a este
acto de exaltación que busca honrar aquella Mujer
que es Madre de Dios y Madre nuestra, que nosotros
invocamos como la Reina del Carmelo.
Cada vez que me sitúo ante la hoja en
blanco siempre pienso que en el colegio nos decían
que el título de una redacción siempre debía ponerse
al final, como síntesis de lo ya escrito. Tal vez es
un buen consejo… pero yo no empecé a escribir este
pregón hasta que no tuve claro qué título quería
ponerle… “Como la sonrisa de una Niña”, sí, ése es
el corazón de este pregón, la estampa que en mi
cabeza guiaba cada letra que he escrito y que ahora
os pregonaré.
La iconografía de la Virgen del
Carmen suele representar a María de pie, alguna vez
sentada, con el Niño en uno de sus brazos,
sosteniendo en la otra mano el regalo que nos envió
desde el Cielo, este escapulario que es hoy símbolo
de nuestra pertenencia y de su señorío sobre
nosotros. Habitualmente, la Virgen suele mirar hacia
abajo, sobre todo si a sus pies, con forma de peana,
se extiende el Purgatorio, lugar donde las almas se
purifican de sus pecados, “casa de la esperanza” ha
sido incluso llamado, porque allí las almas esperan
alcanzar la alegría última y completa del Reino de
Dios. La Virgen, sobre todo en las esculturas más
antiguas, suele tener el rostro serio, tal vez de
compasión por las almas dolientes, tal vez de
misericordia, por las almas que va a rescatar.
Así, nuestra venerada titular, de
lejos, nos muestra un semblante grave, incluso con
un cierto rictus de serena preocupación, amagado por
ese gesto tierno del Niño que extiende su mano casi
como acariciando el rostro de la Señora. Al
aproximarnos a la Virgen, al acercarnos a la hermosa
imagen tallada según los cánones de la escuela
castellana, entrometiéndonos en la intimidad de la
Madre y del Hijo, podemos vislumbrar que esta joven
Señora sonríe, leve pero hermoso gesto entre humano
y divino, entre pizpireta y risueña, no feliz,
temporalmente feliz, sino alegre, esa alegría que
transciende los umbrales de lo terreno y que
cosquillea las plantas de nuestros cielos en
búsqueda de una eternidad tan amplia como nuestros
horizontes. Esa sonrisa, escondida en la distancia,
es en la intimidad cercana de la devoción, una
sorpresa, un pequeño regalo, un guiño entre Madre e
hijo. Al atardecer de nuestro Julio, cuando la
Virgen ya viene de vuelta, cuando incluso llegan a
sonar marchas fúnebres de nuestra Pasión abrileña,
esa sonrisa se esconde entre los juegos de sombras,
y entre las flores del jardín de su paso, del altar
que camina entre las viejas piedras de este noble
barrio, denota otra vez en su rostro la seriedad de
una Madre que mira con compasión a su hijos.
Como hermosa y divina Monalisa, como
castellana Macarena, Aquella que mitad sonríe y
mitad llora, la Virgen del Carmen nos acaricia con
la suave y aterciopelada sonrisa silente, a veces
triste, pero siempre sonrisa, tímida media luna, de
Aquella que la Salve llama Vida y Dulzura, Esperanza
nuestra; Aquella que la letanía lauretana llama
Causa de nuestra Alegría. Nuestra Madre del Carmen
sonríe cuando nos acercamos a Ella, o mejor, cuando
nos acercamos a su Hijo, que nos extiende para que
le abracemos. A Jesús por María, siempre juntos,
como la luz de una llama no se puede separar de su
calor, como la mañana no se puede separar del sol,
como la luna que irradia no su luz, si no la del
astro rey, María sostiene a Cristo pero en verdad es
Cristo quien la sostiene a Ella, y con Ella, a todos
nosotros. ¡Cómo no va a sonreír como para su adentro
teniendo tan cerca a la alegría encarnado en un
Niño! ¡Cómo no va a ser esa sonrisa, no socarrona,
ni exagerada, ni desagradable, ni dramática, ni
compulsiva, ni teatral… si no discreta, sencilla,
hermosa, humilde y yo diría que contemplativa! Ése
es el adjetivo perfecto. María nos sonríe
contemplando a su Hijo, y nos invita a nosotros a
imitarla. Esta muchacha vestida de Carmelo nos sigue
sonriendo hoy igual que hace más de 300 años, cuando
nuestros antepasados la trajeron de Valladolid para
entronizarla en esta iglesia. 300 años de la sonrisa
de una niña, eso es nada.
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Pero comencemos por los orígenes. Los
exegetas y teólogos buscan en la Biblia imágenes que
en ya en tiempos pretéritos anunciaban lo que iba a
ocurrir. Hay un capítulo de la Biblia donde aparece
el Monte Carmelo, cuando el profeta Elías reta a los
sacerdotes de Baal a ver qué Dios era el verdadero.
Israel había pasado una época de escasez de agua y
el pueblo se preguntaba por qué Dios, o mejor dicho,
qué dios les había abandonado. Dice Chesterton que
cuando uno deja de creer en algo, es cuando está
dispuesto a creer en todo. Y no se les ocurrió mejor
idea que alzar un altar y sacrificando un novillo,
esperar a ver qué dios respondía: si el dios Baal
con sus sacerdotes gritando y haciéndose heridas en
el cuerpo, o el Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacob, anunciado por el único profeta que quedaba.
Baal no respondió, pero sí lo hizo Yahvé, al mandar
fuego del cielo y consumir la ofrenda del altar. El
pueblo enardecido degolló a todos los sacerdotes de
Baal, en aquella época las apuestas eran muy
arriesgadas, y el profeta Elías mandó que un
sirviente subiera otra vez hasta el Monte Carmelo.
“Sube y mira hacia el mar”. Subió la primera vez, y
mirando al horizonte solo el sol reinaba en el
cielo. “No veo nada”, dijo. “Sube hasta siete
veces”, contestó Elías. Y siete veces subió, siete
veces recorrió el camino hasta la cumbre, siete
buscando sin saber qué buscaba, sin saber qué
encontraría, sin saber qué es lo que esperaba.
Siete, caligrafía de la plenitud, de la unión de lo
divino y de lo humano, siete como imagen de nuestros
Sacramentos, fuente de gracia y salvación, siete
serán después los dolores de Nuestra Madre… siete
veces ascendió… ¿y qué encontró a la séptima? “Sube
del mar una nube pequeña como la palma de una mano”.
Porque Señora, sois vos esa nube que asciende por el
monte verde; porque antes de ser mar, agua salada de
gracia marina, sois lluvia de verano que apaga
nuestra canícula, porque sois vos, pequeño nimbo que
en la palma de una mano nos trae un trocito de
cielo; tan pequeño, que quiso el arco de San
Ildefonso tomaros la medida exacta de vuestros
contornos, y comprobar cómo el mismo cielo era capaz
de pasar por el pequeño ojo de una aguja de siglos.
Continuemos hablando de historia y de
símbolos. El escudo de la Orden del Carmen es
universalmente conocido y en él aparecen una
representación del Monte Carmelo y tres estrellas,
una de plata y dos doradas. Pero no es éste el que
aparece en el escapulario de nuestra Madre. A él se
le ha añadido un símbolo más: la Cruz. Y no una Cruz
pequeña, una Cruz enhiesta, bien alta, coronando el
monte Carmelo transfigurándolo en Calvario. En la
Provincia de Castilla de la Orden carmelita, y
después asumido por la rama Descalza, fundada por
dos grandes santos españoles: Santa Teresa, la
Grande, y San Juan de la Cruz, es éste el escudo que
los identifica.
Y cómo no vamos a ostentar nosotros
la Cruz en nuestro escudo cuando esta Zamora nuestra
es calvario y Jerusalén terrenal cada luna de Nisán,
cómo no vamos a llevarla en el escapulario de
nuestra Virgen cuando la Señora va pisando por los
Notarios las huellas que otros pasos caminaron,
recorriendo otras sendas de pasión, muerte y
resurrección, adornando los oídos con notas que ya
sonaron de antes, con la cadencia del saber y la
elegancia que imprime esta ciudad a cada santo que
bendice sus calles. Llega la Virgen del Carmen a lo
que fue el antiguo convento de las Concepcionistas,
donde entonaban salmos en honor de Aquella que es
Pura y Limpia. Llega para detenerse haciendo sus
pasos más cortos, haciendo su caminar más lento, más
fúnebre su ritmo, más triste su paso. Recuerda a los
que ya no están, también a aquellas mujeres que se
marcharon de los viejos muros donde un pequeño Niño
lloraba. Poco a poco, suena la melodía como a
Thalbeg o Chopin en ese pequeño tramo que ya anuncia
el ecuador de nuestro verano, que ya se encamina a
cerrar las puertas de San Isidoro. Solo un momento
para la tristeza, ahora toca el gozo de los últimos
instantes, la despedida en la ojival puerta del
Doctor de las Españas.
Antes estos curvados arcos, es
curioso ver salir o entrar a la Madre, Ella yacente,
el Hijo a la altura de sus hijos. Aunque la Señora
vaya sin Niño, Él no se aleja; aunque Ella vaya
tendida sobre el suelo de su paso, el Niño la sigue
de cerca, para volver cuanto antes al trono de su
Sabiduría. Al salir, tras volver a ascender a las
manos de la Señora, ya puede mirar a esta Zamora
adormilada en el estío, ya puede recorrer sus calles
animadas por el paseo vespertino, ya puede caminar
por las callejuelas de la vieja y eterna urbe que
sopla para jugar con su escapulario, para anonadarse
al atardecer veraniego que pinta de “colorao” los
cielos amplios y azules de esta tierra milenaria. Al
entrar, retorna al silencio del templo, a la oración
callada acucada en los viejos muros del románico
pétreo aderezado por el barroco que quiso ser
reflejo de la gloria divina. Volverá otra vez al
balcón de su retablo para ejercer de Madre que
escucha, de Amiga que aconseja, de Señora que
gobierna, de Intercesora que suplica, de Maestra que
enseña… volverá, a veces sola, a recordar los
nombres de cada de sus hijos, de los que ya en el
Cielo la contemplan en su pleno gozo, de los que en
el purgatorio esperan la dulce llamada de su voz, de
los que en la tierra siguen peregrinando mirando al
horizonte donde algún día esperan verla como pequeña
nube que anuncie el fin de los días que cada cual
tenemos ya fijado.
En una ocasión leí un artículo que se
refería a la costumbre de tallar al Niño Jesús
desnudo, que en manos de su Madre, era presentado al
pueblo tal cual llegó al mundo. Y ésa es la razón.
Un niño, en apariencia un niño más… con los ojos del
alma la Encarnación del mismo Dios… pero con los del
cuerpo, un niño más. A lo largo de la historia de la
Iglesia una caterva de herejías han querido resaltar
hasta la exageración alguno de los aspectos de
Cristo, ensombreciendo o negando otros. Para
aquellos que negaban la humanidad de Cristo, hasta
el punto de definirlo casi como un espíritu tan puro
cuya materia era discutible, la Iglesia les presenta
así a Jesús, nacido de una mujer, tan humano que nos
lo presenta desnudo, tan niño que en ocasiones
aparece jugando en el regazo de su madre, tan débil
que tiene que ser protegido por María. Cristo,
verdadero Dios y verdadero hombre, verdadero niño
que con los calores del verano chapotearía en
cualquier río, en cualquier orilla mansa donde tras
quitarse la ropa juega el mismo Señor a echar a
volar pájaros de barro. Creer que Dios se ha
encarnado, que ha tomado nuestra humilde condición y
que se ha hecho hombre, tan mortal como para acoger
la inmortalidad, tan limitado como para ser
ilimitado, tan pequeño como la inmensidad del
universo, tan chiquito como el cielo sin fronteras.
Y ahí lo vemos, a la vera de María, extendiendo su
manita para acariciar a su joven Madre.
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Una de las luces más bellas del día
es cuando la tarde se va rindiendo a la noche y en
ese contraste el cielo se convierte en una paleta de
un pintor donde los colores se entremezclan mientras
en la tierra las luces se apagan y brillan como si
no supieran de qué lado caer. Llega la procesión a
la altura de dos corazones que hacen de esta ciudad
santa y hermosa. A un lado luce labrada como
muchacha galana el antiguo templo de la Magdalena,
con esa portada que es puerta del cielo con dinteles
orientales y sabores francos. Ya no están, pero el
bien que hicieron se intuye. Allí rezaban, allí
intercedían por los enfermos para que el Señor
completara lo que sus manos no llegaban a alcanzar.
Las Ministras de los Enfermos ya no están, pero se
las intuye. Y al otro lado, duerme tras las cortinas
de ese ábside inacabado y neogótico una Princesa
acunada por los rezos de las pobres hijas de Santa
Clara. En medio de ese mar de nostalgias y
devociones, surca la Virgen del Carmen haciendo
estación traducida en oración según los cargadores
de nuestra tierra. Porque lo que no dicen las
palabras, lo dicen los hombros cansados que inclinan
los pasos. Allí se juntan los fieles y curiosos para
ver como el Carmen saluda a estas dos orillas del
cielo, a ver cómo los hombres de esta Cofradía
inclinan a la Señora para mostrar el respeto que en
esta tierra seca se hace con gestos sencillos y
nobles. Se inclina la Cofradía entera para honrar lo
divino y lo humano que queda prendido en las estelas
del tiempo.
Cuentan aquellos que han vivido el
drama de la guerra, que cuando los soldados caen
heridos y entran en agonía abandonados en el campo
de batalla o en los hospitales militares, en los
últimos minutos de su vida pronuncian el nombre de
su madre. Como niños que se han caído en el parque,
esos hombres cargados con sus armas, vestidos con
los uniformes de sus ejércitos, que han vivido en
campamentos militares, que han matado, también que
han salvado vidas, que han disparado, que han
sobrevivido al miedo, que han provocado el pánico,
que han conducido tanques, que han sobrevolado los
cielos, que han soltado granadas o bombas… al entrar
en agonía, en los últimos minutos de su vida, llaman
a sus mamás, a la mujer que décadas atrás los
abrazaba cuando lloraban y los consolaba hasta que
se quedaban dormidos en su regazo. Así la maternidad
se manifiesta en el inicio y en el fin de la vida,
tan sólidamente unidos que acompaña la existencia de
todos los seres creados. Además los cristianos
gozamos también de una maternidad espiritual que fue
concedida por el Señor en el Calvario, quien también
a la hora de su muerte quiso tener a su Madre a su
vera, y en la figura de San Juan, quiso que ningún
hombre fuera huérfano. Por eso, y nosotros con mayor
razón, tengamos a nuestra Madre presente a lo largo
de toda la vida, al principio y al fin, siempre con
María, siempre a su vera, siempre con su dulce
nombre en nuestros labios.
No caigamos en estereotipos… La
Virgen del Carmen es cierto que es la Patrona de los
marineros, pero antes fue y ahora sigue siendo la
Señora de los últimos momentos, del último suspiro,
del último camino, de la penúltima morada. Por eso
hay cármenes hasta en tierra seca, porque donde hay
vida, hay muerte, y nuevamente vida. Y ahí la
encontramos a Ella.
Nuestro escapulario es la prenda que
nos hace recordar que estamos consagrados a su
Nombre, y nuestra esperanza radica en que el sábado
más cercano a nuestra muerte visitará la Señora del
Carmelo el purgatorio y nos abrazará de nuevo para
entrar en el banquete que no termina, en la Vida que
no conoce ocaso, en el paraíso perdido tras el
pecado de Adán. Es ésta una de las tradiciones que
ha permitido el mayor despliegue de la devoción a
Ntra. Señora del Carmen a lo largo del ancho mundo.
Porque ante el abismo de la muerte, ante la
incertidumbre del más allá, ante el pánico por la
imperfección de nuestras vidas, la Virgen del Carmen
extiende sus brazos y nos acerca este sencillo trozo
de tela, y al margen del pensamiento mágico que
invade a quien su fe se encuentra inmadura, nos
invita a confiar, no solo en Ella, si no en su Hijo;
nos invita a esperar, virtud tan desnostada hoy
donde lo que prima es la autosuficiencia y la
independencia; nos invita a Amar, con mayúsculas.
Ésa es la respuesta que merece su promesa, ése es el
sentido de nuestro escapulario.
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Y llegamos al final de este pregón,
que solo puede terminar dirigiéndome a Ella. Dicen
que cuando los carmelitas tuvieron que abandonar el
monte Carmelo, Ella misma se apareció para
infundirles confianza, y por el mismo mar por el que
huyeron ante la invasión musulmana de Tierra Santa,
Ella les confirmó que sería su Estrella del Mar. Con
ese deseo, os digo Madre:
Dios te salve, flor del Carmelo, mar
y marea de las playas de nuestro vivir. Bendita eres
entre todas las criaturas, y bendita tú, nueva Eva,
bendita sea tu noble estirpe y bendito el fruto que
cuelga de tus ramas, frondoso árbol en medio de
nuestro collado de lágrimas. Santa María, Madre de
Dios y Madre nuestra, ruega por tus hijos y sé
nuestra alfarera que con sus dulces manos nos hace
vasijas para el agua cristalina de su Hijo, ahora y
en la hora en la que Dios nos llame a su regazo y Tú
nos rescates del valle de nuestro expiar.
AMÉN.
Gracias a todos. |
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Alberto García Soto
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Reportaje en "Jesusario" de
la
Procesión de la
Virgen del Carmen 2010:
PARTE I
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PARTE II |
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